La
alarma sonó antes de que el sol asomara
por montañas de Piedecuesta, Eran las cinco y treinta de la mañana. Esperaba estar
despierto desde hacía cuatro horas atrás,
cuando antes de terminar de leer por completo una novela, me moví entre un mar
de papeles y un par de botecitos que
resultaron ser las memorias de mi cámara JVC y dormí.
Con las últimas fuerzas que me
quedaban, Lentamente busqué por la vasta superficie de mi cama hasta que,
sumergido entre mis sábanas, hallé y
activé el celular. Desembarqué en el
frio día del 3 de junio, Queriendo darle un comienzo especial a la jornada,
decidí terminar con Martín Rivas de
Alberto Blest Gana, ya que por razones de cansancio extremo no la terminé horas
atrás. Nuevamente, atravesé el océano de hojas sobre el que dormí hasta que
llegué a la orilla del lecho, a pocos centímetros del borde, sobre el tapete de
mi habitación, vi mi Vaio, me acerqué a él, lo encendí y en cuestión de una hora había terminado con el
texto. La interrupción del silencio de la mañana me avisó que ya
era hora de salir de la habitación,
debía ir en busca de mi historia. Miré
el celular, eran casi las siete de la mañana, la actividad en la casa había
comenzado, las ollas en la cocina sonaban y el sonido del canal RCN
repiqueteaba por todos lados. Salí de mi habitación envuelto en una
toalla, apurando la marcha para no demorarme en la ducha, me encerré en el baño. En un
menos de un cuarto de hora ya estaba vestido en la y puerta dispuesto a
salir.
Fue
fácil darme cuenta
que era festivo. No he dado más que unos cuantos pasos de la salida de mi casa y ya encontré botellas de Vod Volkailla rodeadas de pequeñas copas plásticas; la típica escena que
alude a una noche de derroche, acolitada por un jornal festivo al día
siguiente. Continué mi camino hacia el parque principal, subiendo por la carrera séptima hasta que llegué
a la calle decima por la cual descendí hasta la iglesia. Apenas toqué las escaleras que quedan frente al atrio, una parvada de plumíferos
desciende bruscamente del techo de uno de la emblemática alcaldía mayor. la razón es muy simple, un señor de aproximadamente cuarenta años,
vestido como jardinero, y con una sonrisa de oreja a oreja, rasgó una bolsa de arroz de
sopa que rápidamente creó un gran
tapete de color blanco en medio de las palmeras que llevan más de veinte años de sembradas en el suelo del parque. Las palomas vieron el
despliegue de comida, y al igual que los animales que viven dentro del palacio
mayor, se fueron encima del banquete.
Luego
de observar el hermoso espectáculo de las palomas por unos segundos, noté que
Detrás de esta escena había
una enorme sombrilla amarilla, semejante a las que vi ayer domingo alrededor
de la plaza cuando conseguía el mercado de la semana. Me acerqué lo suficiente para estar debajo de la sombra
que producía y noté un cartel que colgaba de una de las varillas del armazón.
Decía Minutos en una letra legible, los
colores del anuncio resaltaban más que
el brillante sol que se levantaba por las montañas. Ya habían pasado las ocho de la mañana y esperaba
encontrar tras el letrero la historia que buscaba. –Buenos días vecina –dije en tono
respetuosos, buscando la atención de la señora que vestía un chaleco de color
fosforescente similar al letrero y una gorrita para el sol abrazador, la señora
continúo hablando por el celular: –Pero no puede durar más tiempo en el
hospital, -dijo en un tono de indignación como quien le parece un acto de
holgazanería estar interno en una cama.
–Mire que a Leidy ya se le acabo el permiso en el trabajo y tiene que volver a
trabajar. Al ser ignorando por completo mi saludo, Volví a saludar con un poco más de fuerza esperando que estaba vez me escuchara. - ¡Buenos días
vecina! –esta vez la volteó pero con un gesto de fastidio y haciendo unas señas con la mano, una serie de círculos que entendí
como en señal de, “espere que estoy
ocuapada”. Al ver la reacción de la señora no vi de otra, di media vuelta y regresé para mi casa ya tenía suficiente información y creí
pertinente hacerla la crónica con lo poco que había conseguido.
Sergio Fabián Rivero
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