jueves, 4 de septiembre de 2014

El parque de los groseros (crónica No. 2)


La alarma  sonó antes de que el sol asomara por montañas de Piedecuesta, Eran las cinco y treinta de la mañana. Esperaba estar despierto desde hacía cuatro horas atrás, cuando antes de terminar de leer  por completo una novela, me moví entre un mar de papeles y un par  de botecitos que resultaron ser las memorias de mi cámara JVC y dormí.  Con las últimas fuerzas que me quedaban, Lentamente busqué por la vasta superficie de mi cama hasta que, sumergido entre mis sábanas, hallé  y activé  el celular. Desembarqué en el frio día del 3 de junio, Queriendo  darle un comienzo especial a la jornada, decidí terminar con Martín  Rivas de Alberto Blest Gana, ya que por razones de cansancio extremo no la terminé horas atrás. Nuevamente, atravesé el océano de hojas sobre el que dormí hasta que llegué a la orilla del lecho, a pocos centímetros del borde, sobre el tapete de mi habitación, vi mi Vaio, me acerqué a él,  lo encendí  y  en cuestión de una hora había terminado con el texto. La interrupción del silencio de la mañana me avisó  que  ya era hora de  salir de la habitación, debía ir en busca de mi historia.  Miré el celular, eran casi las siete de la mañana, la actividad en la casa había comenzado, las ollas en la cocina sonaban y el sonido del canal RCN  repiqueteaba por todos lados. Salí de mi habitación envuelto en una toalla, apurando la marcha para no demorarme en la ducha,  me encerré en el baño.  En un  menos de un cuarto de hora ya estaba vestido en la y puerta dispuesto a salir.
Fue fácil  darme  cuenta que era festivo. No he dado más que unos cuantos pasos de  la salida de mi casa y ya encontré  botellas de Vod Volkailla rodeadas de pequeñas copas plásticas; la típica escena que alude a una noche de derroche, acolitada por un jornal festivo al día siguiente. Continué mi camino  hacia el parque principal,  subiendo por la carrera séptima hasta que llegué  a la calle decima por la cual descendí hasta la iglesia.  Apenas toqué las escaleras que quedan frente al atrio, una parvada de plumíferos desciende bruscamente del techo de uno de la emblemática alcaldía mayor.  la razón es muy simple,  un señor de aproximadamente cuarenta años, vestido como  jardinero,  y con una sonrisa  de oreja a oreja, rasgó una bolsa de arroz de sopa que rápidamente creó  un gran  tapete de color blanco en medio de las palmeras que llevan más de veinte años de sembradas en el suelo del parque. Las palomas vieron el despliegue de comida, y al igual que los animales que viven dentro del palacio mayor, se fueron encima del banquete.
Luego de observar el hermoso espectáculo de las palomas por unos segundos, noté que Detrás de esta escena  había  una enorme sombrilla amarilla, semejante a las que vi ayer domingo alrededor de la plaza cuando conseguía el mercado de la semana. Me acerqué  lo suficiente para estar debajo de la sombra que producía y  noté  un cartel  que colgaba de una de las varillas del armazón. Decía Minutos en una letra legible,  los colores del anuncio  resaltaban más que el brillante sol  que se levantaba por las  montañas. Ya habían pasado   las ocho de la mañana y  esperaba  encontrar tras el letrero la historia que  buscaba. –Buenos días vecina –dije en tono respetuosos, buscando la atención de la señora que vestía un chaleco de color fosforescente similar al letrero y una gorrita para el sol abrazador,  la señora  continúo hablando por el celular: –Pero no puede durar más tiempo en el hospital, -dijo en un tono de indignación como quien le parece un acto de holgazanería estar  interno en una cama. –Mire que a Leidy ya se le acabo el permiso en el trabajo y tiene que volver a trabajar. Al ser ignorando por completo mi saludo, Volví a saludar con un  poco más de fuerza esperando que  estaba vez me escuchara. - ¡Buenos días vecina! –esta vez la volteó pero con un gesto de  fastidio y haciendo unas señas con la mano, una serie de círculos que entendí como  en señal de, “espere que estoy ocuapada”.  Al  ver la reacción de la  señora no vi de otra, di media vuelta  y regresé para mi casa ya tenía suficiente información y creí pertinente  hacerla la crónica con  lo poco que había conseguido. 



Sergio Fabián Rivero  

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