jueves, 17 de octubre de 2013

Secuencia en el Portal (proyecto fotográfico)



La ruta de...



La caña  de azúcar nace en los suelos  de la garrotera  tierra de Piedecuesta desde hace más de  50 años. Todos  los días esta bella planta recibe el solo madrugador que sale desde  las montañas del oriente santandereano. Desde  su comienzo no se diferencia mucho del pasto con el que nace, pero pasados algunos meses  podemos ver que los tallos de esta planta empiezan a engrosar y a engrosar hasta alcanzar un característico color amarillento, si tienes la oportunidad de pasar por el lado de uno de estos cultivos también sentirás ese olor característico que   penetra a través de tu olfato y se aloja en tu  cerebro para nunca más olvidarlo. 

Luego de unos meses, cuando la caña está madura, llegan   los recolectores, con sus machetes  afilados, recogen  el cultivo y  cargan los camiones hasta el tope  de palitos dulces. Es en este momento habiendo terminado la jornada de recolección que el olor penetrante de la caña recién cortada se acentúa con mayor ahínco en nuestra memoria. Estar dentro del tarro de los caramelos,  oler la miel de un panal, o las flores recién cortadas no llegan a ser tan memorables como el olor de la caña recién cortada.







Una vez llevada la caña al trapiche  se extrae su jugo  pasando en grandes cantidades  varas de cana  por las ruedas de madera que extraen  un líquido  lechoso dulce que  luego será hervido hasta alcanzar una consistencia color caramelo.  Esta mezcla es  llevada a contenedores en forma de bloques que, una vez solidificados, serán llevados a la tienda del barrio para ser convertidos en una rica      “aguadepanela”.

Trabajo de retrato










Objeto (Madoz)






Sintaxis de la imagen












Un acidente de pareja (cronica No. 4)

Eran las ocho y media de la noche del sábado 16 de junio, doña Nubia de Cordero celebraba sus 50 años de vida junto a todos sus seres queridos.  La festejada estaba con sus mejores amigas, sus hijas y  algunas conocidas como la señora del salón de belleza del barrio y la señora de la tienda, doña  Lurdes, que esa noche había decidido cerrar temprano. El trago iba y venía. Cervezas, whiskys,  y copitas de vino eran el lubricante social que rondaba por las mesas de la casa,  Pero alguien no había llegado. Faltaba Leidy, la hija menor de de Amparo, la mejor amiga de  la feliz festejada. No  pasó un minuto de haberse dado cuenta de la ausencia de Leidy cuando en la entrada de la casa sonaba el  Renault  Clío de David el esposo de la ausente.

Fue menos el saludo del esposo a la festejada que lo que se demoró en  beberse un trago de Jhonny Walker. Entró como perro por su casa,  mirando como a quien le han faltado al respeto y quiere desquitarse con el primero que se atreva  dirigirle la palabra. Detrás de él, apareció Leidy, venía  sollozando, con su ojo izquierdo enrojecido  y  casi por completo apagado.

-por Dios Leidy  ¿Qué  te ha pasado? -le dice Nubia con un tono tenso y lo más bajo posible, lo necesario para que solo el grupo de amigas escuche. Leidy  se niega a responder, recogiéndose de hombros y volteando la mirada para un lado diferente del que se encuentra David.  –me caí del carro, me enrede con el cinturón del coche y me he golpeado con  la manija de la puerta. Todas se miran entre ellas, y  no hace falta que se hablen para entender que su excusa es tan  inverosímil como la cortesía de David.  –Mi amor, ¿Cuántas veces te lo he dicho?  -Le dice su madre en un tono  angustiado. –Déjalo, deja a ese hijueputa poco hombre. –Mamá, no es lo que estás pensando, él me quiere y me mima.  Además, si lo dejo  ¿quién me va  dar mis gusticos? La cirugía de  las  téticas me la dio  él, si me porto bien  y no lo hago rabiar todo marcha bien, no volveré  a tener problemas.


Parece que luego de tres cervezas  y varios cambios de tema, el incidente de la llegada de Leidy ya está olvidado.   Ahora David baila con Daniella, la hija menor de  don Jaime,  con la cual parecen uno solo ya que están tan pegados como los pasajeros de un Metrolinea en hora pico.  Leidy  lo mira desde su  silla y vuelve a empezar a hablar con Nubia y las festejadas. al cabo de unos treinta minutos el mayor de los hijos de Don José saca a bailar a Leidy. David había seguido con el ritmo de bebida que traía desde que llegó.  Apenas vio que  bailaban merengue de forma divertida, David se acerca por detrás de Leidy, la toma por el cabello y la grita como si fuera  el perro de la casa.  –seguí así  que te tengo entre ojos, ¿es que no veo que te está buscando desde  que llegamos a la fiesta? –pero no sé de qué hablas, acabo de empezar a bailar.  David  la toma por el brazo y salen de la casa. La fiesta termina para él. El calvario apenas comienza para ella. Podemos pensar que la conveniencia material puede  llevarnos al cielo de nuestros caprichos, pero no creo que sea  un negocio rentable.

Tiroteo (crónica No.3)



La armonía de las armas no depende del parentesco de los cuerpos.
Friedrich Schiller
Las manos me sudaban como le sudarían a cualquier  cristiano en el sol abrazador de Junio. El sortilegio de verano hacia los días más largos, calurosos, llenos de  luces centellantes y de  sonoros  cañones  de fondo.  Aún siento el pitido de esos cañones retumbándome en el oído interno, como un radio viejo de transistores intentando alcanzar entre aullidos de ondas electromagnéticas   la señal de  Olímpica Estéreo.  No sé si el lector  lo sepa, pero el oído es el centro de equilibrio del cuerpo humano; se me hace raro que luego de recibir  la explosión que se originó a pocos centímetros de  mi cabeza, solo terminé tambaleándome  un poco, y no  cayendo al suelo de manera estrepitosa. De pronto tuvo mucho que ver  el hecho de que el sol mantenía seco  el pasto de la parcela, o que no se  podían   ver  muchas piedras con las cuales tropezar.

Pasan algunos segundos y mi oído vuelve a la normalidad.    La música de la emisora vallenata suena al compás de poderosas explosiones arrítmicas. Don Jairo disparaba su revolver  Smith  & Wesson  de cacha blanca, color hueso casi almendro. Un revolver curtido por los años, curtido de cargarlo en la  cintura, haciéndolo uno con el sudor y el mugre dela jornada de trabajo.  Pero veo que él  está demasiado lejos, las explosiones de artefacto son  fuertes, pero no lo suficientes como para haber sido el culpable del accidente. Cuando volteo  me doy cuenta que  detrás mío estaba Snaider, con  la 9mm humeando y  riendo a carcajadas.

-Marica, no fue mi culpa -me dice mi hermano   -Usted me dijo que comenzara  disparando, que culpa que usted metió la cabeza al frente.  – ¡cómo  se le ocurre! –le grité  tan fuerte que luego de mi voz todo quedo en silencio, un silencio incomodo que continué con  una larga retahíla de insultos hacia  Snaider. Lo hice sentir tan culpable que lo único que hizo fue entregarme la pistola, como el soldado que entregó  su arma  y luego se rindió frente al ejercito opositor.  

Para  disparar un  arma, en el caso de una pistola 9mm,  don Jairo el señor que no acompañó  esa mañana nos dijo lo siguiente: es necesario quitar el seguro, tomarla con firmeza y apuntar por  mirillas que trae en la parte  superior. ¿Parece fácil no? pues manos a la obra. Ya no era necesario quitarle el seguro, mi hermano había estado disparando, y  en su afán por salir de mi vista estiró la mano y me entregó la pistola. Ahora bien,  la empuñadura me pareció algo  fundamental, no quería que  en medio de los disparo se me fuera a caer la pistola y quien  sabe a dónde fuera a parar  un tiro.  La sujeté con ambas manos arropándola  como a la mano de mi novia, con fuerza y decisión, tenía que convertirla en extensión de mi cuerpo, igual que cuando tocas la guitarra; debes manejarla con habilidad y destreza, con responsabilidad.

Sentía que  me hacía falta aire, estaba nervioso. Preferí voltear y hacer mi primer despliegue contra unos árboles al final de terreno, uno de ellos tenía un letrero de propiedad privada,  prohíbo el paso, sería el blanco perfecto, lejos de poder herir a Snaider o a don Jairo.  Tragándome el miedo en una Bocanada grande, pasando con fuerza,  como si me estuviera comiendo una  uva entera,  jalé el gatillo por primera vez, la emoción fue tanta y tan rápida que no me di cuenta  de los otros tres disparos.   Terminada la rafaga,   bajé  el arma y le puse el seguro, es mejor prevenir que salir corriendo con un herido a más de tres horas de camino por trocha,  para así poder llegar al hospital de Piedecuesta, el más cercano de la zona.  Mi hermano se acercó corriendo. Con mejor vista que yo buscó  rápidamente  los disparos en el letrero.

-Uno, dos y tres,  Parece que le fue bien – Me dice  riéndose y exaltando que solo había errado un disparo  – ¿Ya  vio donde puso el tercero? –me pregunta con ojos de asombro y voz exaltada. – No, ni idea – le respondí.  Me señaló el letrero y vi que el disparo atravesó  por el medio de la  O  de privado.  –Vaya disparo -Le digo también asombrado. Parece que hubiese sido intencional –Me dice con una sonrisa de oreja a oreja.  –¡Con esta  puntería que tengo!   –le respondí  muy orgulloso de mi disparo triunfal. -Esto no es nada, espere que le coja practica y podré  dispararle a lo que sea.

Para el final de la tarde volvimos bajando la trocha en el Jeep de Don Jairo. Las  tranquilas  parcelas de  Sevilla se alejaron  a medida que cayó  el sol. Mis manos tenían un olor a pólvora quemada, y  mis oídos… seguían escuchando a Olímpica Stereo.

 Sergio F. Rivero