jueves, 17 de octubre de 2013

Tiroteo (crónica No.3)



La armonía de las armas no depende del parentesco de los cuerpos.
Friedrich Schiller
Las manos me sudaban como le sudarían a cualquier  cristiano en el sol abrazador de Junio. El sortilegio de verano hacia los días más largos, calurosos, llenos de  luces centellantes y de  sonoros  cañones  de fondo.  Aún siento el pitido de esos cañones retumbándome en el oído interno, como un radio viejo de transistores intentando alcanzar entre aullidos de ondas electromagnéticas   la señal de  Olímpica Estéreo.  No sé si el lector  lo sepa, pero el oído es el centro de equilibrio del cuerpo humano; se me hace raro que luego de recibir  la explosión que se originó a pocos centímetros de  mi cabeza, solo terminé tambaleándome  un poco, y no  cayendo al suelo de manera estrepitosa. De pronto tuvo mucho que ver  el hecho de que el sol mantenía seco  el pasto de la parcela, o que no se  podían   ver  muchas piedras con las cuales tropezar.

Pasan algunos segundos y mi oído vuelve a la normalidad.    La música de la emisora vallenata suena al compás de poderosas explosiones arrítmicas. Don Jairo disparaba su revolver  Smith  & Wesson  de cacha blanca, color hueso casi almendro. Un revolver curtido por los años, curtido de cargarlo en la  cintura, haciéndolo uno con el sudor y el mugre dela jornada de trabajo.  Pero veo que él  está demasiado lejos, las explosiones de artefacto son  fuertes, pero no lo suficientes como para haber sido el culpable del accidente. Cuando volteo  me doy cuenta que  detrás mío estaba Snaider, con  la 9mm humeando y  riendo a carcajadas.

-Marica, no fue mi culpa -me dice mi hermano   -Usted me dijo que comenzara  disparando, que culpa que usted metió la cabeza al frente.  – ¡cómo  se le ocurre! –le grité  tan fuerte que luego de mi voz todo quedo en silencio, un silencio incomodo que continué con  una larga retahíla de insultos hacia  Snaider. Lo hice sentir tan culpable que lo único que hizo fue entregarme la pistola, como el soldado que entregó  su arma  y luego se rindió frente al ejercito opositor.  

Para  disparar un  arma, en el caso de una pistola 9mm,  don Jairo el señor que no acompañó  esa mañana nos dijo lo siguiente: es necesario quitar el seguro, tomarla con firmeza y apuntar por  mirillas que trae en la parte  superior. ¿Parece fácil no? pues manos a la obra. Ya no era necesario quitarle el seguro, mi hermano había estado disparando, y  en su afán por salir de mi vista estiró la mano y me entregó la pistola. Ahora bien,  la empuñadura me pareció algo  fundamental, no quería que  en medio de los disparo se me fuera a caer la pistola y quien  sabe a dónde fuera a parar  un tiro.  La sujeté con ambas manos arropándola  como a la mano de mi novia, con fuerza y decisión, tenía que convertirla en extensión de mi cuerpo, igual que cuando tocas la guitarra; debes manejarla con habilidad y destreza, con responsabilidad.

Sentía que  me hacía falta aire, estaba nervioso. Preferí voltear y hacer mi primer despliegue contra unos árboles al final de terreno, uno de ellos tenía un letrero de propiedad privada,  prohíbo el paso, sería el blanco perfecto, lejos de poder herir a Snaider o a don Jairo.  Tragándome el miedo en una Bocanada grande, pasando con fuerza,  como si me estuviera comiendo una  uva entera,  jalé el gatillo por primera vez, la emoción fue tanta y tan rápida que no me di cuenta  de los otros tres disparos.   Terminada la rafaga,   bajé  el arma y le puse el seguro, es mejor prevenir que salir corriendo con un herido a más de tres horas de camino por trocha,  para así poder llegar al hospital de Piedecuesta, el más cercano de la zona.  Mi hermano se acercó corriendo. Con mejor vista que yo buscó  rápidamente  los disparos en el letrero.

-Uno, dos y tres,  Parece que le fue bien – Me dice  riéndose y exaltando que solo había errado un disparo  – ¿Ya  vio donde puso el tercero? –me pregunta con ojos de asombro y voz exaltada. – No, ni idea – le respondí.  Me señaló el letrero y vi que el disparo atravesó  por el medio de la  O  de privado.  –Vaya disparo -Le digo también asombrado. Parece que hubiese sido intencional –Me dice con una sonrisa de oreja a oreja.  –¡Con esta  puntería que tengo!   –le respondí  muy orgulloso de mi disparo triunfal. -Esto no es nada, espere que le coja practica y podré  dispararle a lo que sea.

Para el final de la tarde volvimos bajando la trocha en el Jeep de Don Jairo. Las  tranquilas  parcelas de  Sevilla se alejaron  a medida que cayó  el sol. Mis manos tenían un olor a pólvora quemada, y  mis oídos… seguían escuchando a Olímpica Stereo.

 Sergio F. Rivero

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