La
armonía de las armas no depende del parentesco de los cuerpos.
Friedrich Schiller
Las
manos me sudaban como le sudarían a cualquier
cristiano en el sol abrazador de Junio. El sortilegio de verano hacia
los días más largos, calurosos, llenos de
luces centellantes y de sonoros
cañones de fondo. Aún siento el pitido de esos cañones retumbándome
en el oído interno, como un radio viejo de transistores intentando alcanzar entre
aullidos de ondas electromagnéticas la señal de
Olímpica Estéreo. No sé si el lector lo sepa, pero el oído es el centro de equilibrio del cuerpo humano; se me hace raro que luego de recibir la explosión que se originó a pocos
centímetros de mi cabeza, solo terminé
tambaleándome un poco, y no cayendo al suelo de manera estrepitosa. De
pronto tuvo mucho que ver el hecho de
que el sol mantenía seco el pasto de la
parcela, o que no se podían ver
muchas piedras con las cuales tropezar.
Pasan
algunos segundos y mi oído vuelve a la normalidad. La
música de la emisora vallenata suena al compás de poderosas explosiones
arrítmicas. Don Jairo disparaba su revolver Smith
& Wesson de cacha blanca,
color hueso casi almendro. Un revolver curtido por los años, curtido de cargarlo
en la cintura, haciéndolo uno con el
sudor y el mugre dela jornada de trabajo.
Pero veo que él está demasiado
lejos, las explosiones de artefacto son
fuertes, pero no lo suficientes como para haber sido el culpable del
accidente. Cuando volteo me doy cuenta
que detrás mío estaba Snaider, con la 9mm
humeando y riendo a carcajadas.
-Marica,
no fue mi culpa -me dice mi hermano -Usted
me dijo que comenzara disparando, que
culpa que usted metió la cabeza al frente.
– ¡cómo se le ocurre! –le
grité tan fuerte que luego de mi voz
todo quedo en silencio, un silencio incomodo que continué con una larga retahíla de insultos hacia Snaider. Lo hice sentir tan culpable que lo
único que hizo fue entregarme la pistola, como el soldado que entregó su arma
y luego se rindió frente al ejercito opositor.
Para disparar un
arma, en el caso de una pistola 9mm,
don Jairo el señor que no acompañó esa mañana nos dijo lo siguiente: es necesario quitar el seguro, tomarla
con firmeza y apuntar por mirillas que
trae en la parte superior. ¿Parece fácil
no? pues manos a la obra. Ya no era necesario quitarle el seguro, mi hermano
había estado disparando, y en su afán
por salir de mi vista estiró la mano y me entregó la pistola. Ahora bien, la empuñadura me pareció algo fundamental, no quería que en medio de los disparo se me fuera a caer la
pistola y quien sabe a dónde fuera a
parar un tiro. La sujeté con ambas manos arropándola como a la mano de mi novia, con fuerza y
decisión, tenía que convertirla en extensión de mi cuerpo, igual que cuando
tocas la guitarra; debes manejarla con habilidad y destreza, con
responsabilidad.
Sentía
que me hacía falta aire, estaba
nervioso. Preferí voltear y hacer mi primer despliegue contra unos árboles al
final de terreno, uno de ellos tenía un letrero de propiedad privada, prohíbo el
paso, sería el blanco perfecto, lejos de poder herir a Snaider o a don
Jairo. Tragándome el miedo en una
Bocanada grande, pasando con fuerza,
como si me estuviera comiendo una uva entera,
jalé el gatillo por primera vez, la emoción fue tanta y tan rápida que
no me di cuenta de los otros tres
disparos. Terminada la rafaga, bajé el arma y le puse el seguro, es mejor prevenir
que salir corriendo con un herido a más de tres horas de camino por trocha, para así poder llegar al hospital de
Piedecuesta, el más cercano de la zona.
Mi hermano se acercó corriendo. Con mejor vista que yo buscó rápidamente
los disparos en el letrero.
-Uno,
dos y tres, Parece que le fue bien – Me
dice riéndose y exaltando que solo había
errado un disparo – ¿Ya vio donde puso el tercero? –me pregunta con
ojos de asombro y voz exaltada. – No, ni idea – le respondí. Me señaló el letrero y vi que el disparo atravesó por el medio de la O de privado.
–Vaya disparo -Le digo también asombrado. Parece que hubiese sido
intencional –Me dice con una sonrisa de oreja a oreja. –¡Con esta puntería que tengo! –le respondí
muy orgulloso de mi disparo triunfal. -Esto no es nada, espere que le
coja practica y podré dispararle a lo
que sea.
Para
el final de la tarde volvimos bajando la trocha en el Jeep de Don Jairo.
Las tranquilas parcelas de
Sevilla se alejaron a medida que
cayó el sol. Mis manos tenían un olor a
pólvora quemada, y mis oídos… seguían
escuchando a Olímpica Stereo.
Sergio F. Rivero
No hay comentarios:
Publicar un comentario