Eran las ocho y media de la noche
del sábado 16 de junio, doña Nubia de Cordero celebraba sus 50 años de vida
junto a todos sus seres queridos. La
festejada estaba con sus mejores amigas, sus hijas y algunas conocidas como la señora del salón de belleza del barrio y la señora
de la tienda, doña Lurdes, que esa noche
había decidido cerrar temprano. El trago iba y venía. Cervezas, whiskys, y copitas de vino eran el lubricante social que rondaba por las
mesas de la casa, Pero alguien no había llegado.
Faltaba Leidy, la hija menor de de Amparo, la mejor amiga de la feliz
festejada. No pasó un minuto de haberse dado cuenta de la ausencia de Leidy
cuando en la entrada de la casa sonaba el
Renault Clío de David el esposo de la ausente.
Fue menos el saludo del esposo a
la festejada que lo que se demoró en
beberse un trago de Jhonny Walker. Entró como perro por su casa, mirando como a quien le han faltado al
respeto y quiere desquitarse con el primero que se atreva dirigirle la palabra. Detrás de
él, apareció Leidy, venía
sollozando, con su ojo izquierdo enrojecido y casi
por completo apagado.
-por Dios Leidy ¿Qué te
ha pasado? -le dice Nubia con un tono tenso y lo más bajo posible, lo necesario para que solo el grupo de
amigas escuche. Leidy se niega a
responder, recogiéndose de hombros y volteando la mirada para un lado diferente del que se encuentra David. –me caí del carro, me enrede con el cinturón del
coche y me he golpeado con la manija de
la puerta. Todas se miran entre ellas, y
no hace falta que se hablen para entender que su excusa es tan inverosímil como la cortesía de David. –Mi amor, ¿Cuántas veces te lo he dicho? -Le dice su madre en un tono
angustiado. –Déjalo, deja a ese hijueputa
poco hombre. –Mamá, no es lo que estás pensando, él me quiere y me mima. Además, si lo dejo ¿quién me va
dar mis gusticos? La cirugía de las téticas
me la dio él, si me porto bien y no lo hago rabiar todo marcha bien, no volveré a tener problemas.
Parece que luego de tres cervezas
y varios cambios de tema, el incidente
de la llegada de Leidy ya está olvidado. Ahora
David baila con Daniella, la hija menor de
don Jaime, con la cual parecen
uno solo ya que están tan pegados como los pasajeros de un Metrolinea en hora
pico. Leidy lo mira desde su silla y vuelve a empezar a hablar con
Nubia y las festejadas. al cabo de unos treinta minutos el mayor de los hijos
de Don José saca a bailar a Leidy. David había seguido con el ritmo de bebida que traía desde que llegó. Apenas vio que bailaban merengue de forma divertida, David
se acerca por detrás de Leidy, la toma por el cabello y la grita como si fuera
el perro de la casa. –seguí así que te tengo entre ojos, ¿es que no veo que te
está buscando desde que llegamos a la
fiesta? –pero no sé de qué hablas, acabo de empezar a bailar. David la
toma por el brazo y salen de la casa. La fiesta termina para él. El calvario
apenas comienza para ella. Podemos pensar que la conveniencia material puede llevarnos al cielo de nuestros caprichos, pero no creo que sea un negocio rentable.
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