La caña de azúcar nace en los suelos de la garrotera tierra de Piedecuesta desde hace más de 50 años. Todos los días esta bella planta recibe el solo madrugador que sale desde las montañas del oriente santandereano. Desde su comienzo no se diferencia mucho del pasto con el que nace, pero pasados algunos meses podemos ver que los tallos de esta planta empiezan a engrosar y a engrosar hasta alcanzar un característico color amarillento, si tienes la oportunidad de pasar por el lado de uno de estos cultivos también sentirás ese olor característico que penetra a través de tu olfato y se aloja en tu cerebro para nunca más olvidarlo.
Luego de unos meses, cuando la caña está madura, llegan los recolectores, con sus machetes afilados, recogen el cultivo y cargan los camiones hasta el tope de palitos dulces. Es en este momento habiendo terminado la jornada de recolección que el olor penetrante de la caña recién cortada se acentúa con mayor ahínco en nuestra memoria. Estar dentro del tarro de los caramelos, oler la miel de un panal, o las flores recién cortadas no llegan a ser tan memorables como el olor de la caña recién cortada.
Una vez llevada la caña al trapiche se extrae su jugo pasando en grandes cantidades varas de cana por las ruedas de madera que extraen un líquido lechoso dulce que luego será hervido hasta alcanzar una consistencia color caramelo. Esta mezcla es llevada a contenedores en forma de bloques que, una vez solidificados, serán llevados a la tienda del barrio para ser convertidos en una rica “aguadepanela”.



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